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lunes, 12 de agosto de 2013

La bestia del ego (5)


Cualquier incorrección lingüística es vista como sucia. Asco del purista.

Las babas, la sangre, la muerte como escatológico. Asco del pensamiento.

Abandonar este mundo, dedicarse a los demás, disciplinar la mente con la concentración y la virtud, lo vemos como locura. Asco del género humano.

.A mayor orden en la sintaxis mayor represión.

La obsesión por la higiene y la falsa la esperanza de un futuro hermoso nos convierten en animales.

Es intolerable ver en el otro –gracias a la nobleza de sus actos-- nuestra miseria moral.

miércoles, 7 de agosto de 2013

La bestia del ego (4)




Y ahora pienso en la liberación y no en la muerte. Pero, ¿qué es la liberación sino un estado de locura controlada para estar lúcido en el momento de la muerte?

Quiero decir, un verdadero practicante del Dharma –de las enseñanzas de Buda—tiene que preparase para morir en cualquier momento, y por esta razón hace la mejor práctica de todas: abandonar el deseo por esta vida, o más bien, abandonar esta vida.




Hoy le expliqué a mi nieto el tiempo. A través de su propia historia personal de seis años le conté lo que es el tiempo.

Creo que se acostó impresionado. Tal vez sea una muestra de que sintió lo que es el tiempo, y sea esa quizás la mejor forma de entender el concepto tan abstracto de la etiqueta: los años y los días, es decir, de la muerte.

Comenzó así:

--Un años tiene 365 días...tú, por ejemplo, naciste…

En realidad un niño necesita en algún momento experimentar un atisbo de lo que es la impermanencia del mundo.

La impermanencia nos ubica en un centro ilusorio pero real. Un centro de energía, que no puede ser tocado por las palabras porque está más allá del tiempo o es el tiempo mismo, es la pura impermanencia segundo a segundo. Pero no es algo intelectual sino que podemos sentirlo mientras seguimos de manera atenta a la respiración y físicamente permanecemos inmóviles, el mayor tiempo que podamos. Es decir tenemos que comenzar aburriéndonos en un rincón sin hacer nada, sólo inmóviles y siguiendo la respiración. Puedes ocupar el tiempo en pensar sólo en el amor y la compasión y en la vacuidad del espacio y la inexistencia independiente de un yo concreto, eterno, no sometido a la impermanencia. Y esa es la ilusión del yo que hay que destruir. Entonces uno puede aferrarse a la vida abandonando el deseo de vivir.

¿Podemos considerar ese estado mental como un estado de ecuanimidad y amor donde al abandonar el concepto rígido –en términos psicológicos y emocionales, también intelectuales y morales-- que tenemos de nuestro yo y del mundo que nos rodea, nos percatamos del sufrimiento del mundo y de todos los seres, y pensamos en sacrificarnos por hacer felices a los demás, a costa de nuestra felicidad personal, por supuesto?

En estos nueve años que he vivido entre Cuba y España; pero sobre todo los últimos tres años en que dejé de ir a Cuba, me quedé sin papales en España, viví al borde del desahucio, tuve varios rotundos fracasos amorosos, y me convertí formalmente en budista laico, mi vida se ha vuelto inmensamente feliz en medio de mi desastre personal.

Para colmó mi padre falleció en La Habana hace tres meses y medio. Y he vivido este luto como un momento amargo pero profundamente lúcido --de manera interna quiero decir--. Nunca antes en medio de mi nada material, económica, legal, familiar, y personal, pude sentir una profunda paz y un amor expansivo en mi corazón como lo siento ahora que todo lo he perdido.

En otro momento hubiese pensando en el suicidio, como tantas veces ese deseo fantasmal me persiguió en mis pronunciadas y recurrente depresiones, incluso hasta 2010, cuando perdí mi posibilidad de renovar mi residencia comunitaria por estar en una de esas depresiones nefastas que me sorprendía aun en plena madurez.

Y ahora pienso en la liberación y no en la muerte. Pero, ¿qué es la liberación sino un estado de locura controlada para estar lúcido en el momento de la muerte?

Quiero decir, un verdadero practicante del Dharma –de las enseñanzas de Buda—tiene que preparase para morir en cualquier momento, y por esta razón hace la mejor práctica de todas: abandonar el deseo por esta vida, o más bien, abandonar esta vida.

Es la gran renuncia que nos permitirá sentir la gran compasión. Esto, unido a una estable y profunda meditación unidireccional en el espacio, nos permitirá avanzar en el camino gradual a la Iluminación.

Un solo atisbo de vacuidad hace temblar al samsara.

martes, 23 de julio de 2013

La bestia del ego (3)

Asumir una simple vida simple llena de gratitud y compasión. 

Y dentro de esa simpleza, vivir con sabiduría penetrante, intensa, siempre de cara a la intuición y no a los juicios y rodeos intelectuales de siempre --cargados de mala conciencia o conciencia reactiva--.

¿Es posible vivir de ese modo sin renunciar al día a día con sus obligaciones, lamentos, necesidades, compromisos, deberes, distracciones, placeres y sufrimientos?

Que no hay vida sin acción, me dije hace muchos años cuando vivía engañado por mis propias fantasías egocéntricas, con las insoportables y miserables proyecciones mentales del bla bla bla interior, de ese desierto que puede crecernos dentro rodeado de resentimientos, miedos, frivolidades de todo tipo, incluso, enmascaradas por las supuestas nobles ideas.

Pero sí, hay una vida activa, proactiva, creativa, salvaje y hasta sublime que a la vez puede ser una vida de la no-acción. Cuando vives concentrado en el aquí y ahora no tienes que actuar puesto que la no-acción es la profunda y verdadera acción --por estar motivada en aliviar el sufrimiento del mundo, al menos un poco y hasta donde pueda uno debido a sus propias limitaciones.

Vivir no centrado en uno mismo sino en los demás es la acción justa que se convierte en no-acción por no estar condicionada por las manipulaciones del ego.

La acción sólo tiene sentido liberador si está basada en la práctica del amor desinteresado. Llegar incluso al punto donde acción sea sinónimo de amor.

El egoísmo –la vida llena de miedos y apegos—es la fuerza que tira en dirección contraria. El egoísmo cuando no grita, es capaz de susurrarte los argumentos más abyectos con tal de que no despiertes a la vida espiritual.

Pero aspirar a una vida espiritual sin un buen adiestramiento de la mente, sin transformar nuestra mente ordinaria y miserable en una mente bondadosa y sabia, limpiarla de las excentricidades y la autoindulgencia, entre muchas otras engañifas, de nuestro ego, puede llevarnos a un error peligroso, a otra mentira para esconder nuestros dolores y frustraciones.

Puede uno llegar a creerse que vive verdaderamente lo espiritual cuando en realidad no está más que participando del materialismo mundano o espiritual con el casi todas las religiones y dogmas encierran al ser humano en un campo de concentración.

El ego ordinario se transforma en ego espiritual cuando no sabemos o no podemos transformar nuestra mente --la causante de nuestro verdadero sufrimiento-- en una mente más abierta, compasiva, paciente, alegre y concentrada en el presente --por tanto, en la vacuidad del tiempo, de la realidad, de los fenómenos, y en la vacuidad de la propia mente--.

Sin embargo, cualquier intento será fallido sino decidimos adoptar una vida ética basada en la no-violencia, el perdón, la paz, la reconciliación, el amor desinteresado y el altruismo.

No se trata de creer o no creer en Dios, Cristo, Mahoma, Buda, Brahma, Visnú, o cualquier otro dios, profeta, santo, ser iluminado etc, sino en amar al prójimo como a uno mismo.

Un simple vida simple basada en el buen corazón, el amor al prójimo, y la sabiduría que entiende la interdependencia de todo y de todos en el universo, y cuya inteligencia no se basa en la falsa dualidad, madre de todas las dicotomías, que da origen al odio y a las violencias de todo tipo.

Fugar, huir, romper con todo sistema de ideas y creencias --religiosas, ateas, anárquicas, escépticas, en fin, de cualquier tipo y seña-- que base sus argumentos en esa falsa dualidad ciega, ignorante que ha teñido de negro este hermoso mundo tan pasajero y lleno de colores.

Un mundo como un arco iris, un sueño, una ilusión que sin embargo hemos transformado en pesadilla.

sábado, 13 de julio de 2013

De mi libro de memorias "Matar a Buda"


Cuando tocas tu centro ya nada te detiene.

Mi centro es, por ejemplo, olvidarme de mí mismo antes de ser olvidado por la muerte.

En el olvido de uno mismo se conquista la libertad real (es decir, se vive sin ilusiones) que es la mente sin condicionamientos, por tanto, la mente que no tiene miedo –no siente miedo, no piensa en el miedo, ¿cómo puede hacerlo si ya nada la condiciona? 

Es duro, requiere de esfuerzo --en realidad de mucho esfuerzo--. Y nunca se consigue del todo, por supuesto.

Es duro porque significa haber reconocido la vida como un error. Decir "toda mi vida fue un error", requiere de coraje, de quedarse a solas con uno mismo, sin roles, sin identidades, entonces, ¿a quién vas a mentir?

 Y no se puede conseguir del todo porque hasta que no se extinga de manera total cualquier vestigio de un yo, estaremos hablando de él aunque sea para refutar su existencia real o imaginaria. Cuando logre conseguirlo –si alguna vez podría—ya no será necesario ni mencionar el tema. El silencio es. Y el silencio es lo único que es y puede ser verdaderamente.

La ignorancia me arrastra aunque ya la reconocí gracias a mi maestro y a las enseñanzas de Buda, y ahora intento liberarme de ella, cortarla de raíz con la espada de Manyushri.

No son palabras aunque lleven algo de pose. Todavía hay ego, por supuesto, todavía algo de mí se quiere exhibir, de lo contrario ya no escribiría, sería en verdad y de una vez lo que siempre he querido ser: un excritor. 

Pero a pesar de esto, algo más que palabras detrás de mis palabras, y de Manyushri, y del maestro y las enseñanzas  y de la propia ignorancia. Pero, ¿qué puede ser "ese algo más"?

Ese algo más es la voluntad de destruirme públicamente para de una vez dejar de existir.

No es solamente la voluntad de vivir manifestándose, para citar a Reynaldo Arenas, un espíritu que me acompaña todas las noches, sino también un hermoso y destructivo sentido de descuartizarme en medio de la plaza.  

¿Y esa necesidad de lo público? Es parte del ego, pero asimismo es parte del compromiso de destruirlo como una vez la necesidad de lo público fue parte de su vanidad  –nada mejor que combatir a nuestro ego con sus propias herramientas y en su mismo territorio.

Si te esfuerzas verdaderamente en la práctica, por ejemplo, de los ocho versos para transformar la mente; sólo en esta práctica, día y noche, momento a momento, ya no son necesarias más enseñanzas ni más prácticas. Uno se olvida de sí y se libera de las ataduras del ego, entonces, el yo verdadero se autolibera.

¡Pero no puedo! ¡Está claro que no puedo!, por eso aun tengo que escribir, es decir, fingir, y exhibirme. Sin embargo, esta manera de vivir contra mí mismo es más digna que mentir y peor aún, mentirme. 

Cuando no podemos practicar sólo los ocho versos, cuando nos resulta imposible practicarlos, incluso, nuestros obstáculos son tantos que ni siquiera podemos concebirlos --a los 8 versos-- de manera intelectual (es decir, llegar sólo a pensar en ellos  y aceptarlos momentáneamente como una idea más para reflexionar) y olvidarnos así por unos instantes de nuestras creencias e ideas, entonces cuando los obstáculos nos superan, debemos acudir a otras prácticas para que nos ayuden en el camino, como pueden ser, entre otras, estudiar la ley de causa y efecto, meditar en el karma, meditar todos los días en la muerte, o decir determinados mantras, y hacer postraciones mientras visualizamos frente a nosotros a todos los maestros desde el propio Buda Sakyamuni hasta nuestro maestro actual de carne y hueso.

Por supuesto, el mejor antídoto para eliminar todos y cada uno de los obstáculos –pero a la vez el antídoto más difícil de conseguir incluso después de años de práctica sincera-- es meditar en la vacuidad del yo y la vacuidad de los fenómenos.

Pero, ¿por dónde empezar entonces?

Una tarde recordé a mi abuela: practica el buen corazón, me dijo una vez con otras palabras.

Y entonces recordé el título de una novela que finalmente nunca leí, pero que de igual modo sólo su nombre me marcó como una bestia para toda mi vida: Se bueno hasta la muerte.

Así comencé yo. Cada uno tiene su propio comienzo, a su manera, según su experiencia. Y mientras más rápido empieces, mejor. Es preferible darse cuenta por uno mismo y de una vez, y en tu propio beneficio -- y mientras más rápido mejor, no lo olvides, y perdona el consejo--. 

Me refiero a que no sólo lo pienses sino también que puedas llegar a creerlo: tu vida es un error mientras sostengas un yo ilusorio como real.

Es duro tragarse todo esto, lo sé. Pero no hay una segunda puerta para la liberación. 

miércoles, 10 de julio de 2013

En el cumpleaños de Jaad

Nací a las diez de la mañana de un 10 de julio.

Soy un hombre feliz a pesar de saber --por comprender de una vez y por todas-- que mi vida fue un error.

Un profundo y lamentable error.

Sin embargo no me arrepiento de nada sino solamente de mis malas acciones --que fueron muchas-- de palabra, cuerpo y mente.

Pero soy un hombre feliz --he sido un hombre feliz-- en medio de todos los desastres.

Feliz cumpleaños, Jaad.

martes, 2 de julio de 2013

La bestia del ego (2)

Eres el dueño del mundo

aunque nada tengas
aunque no puedas
            ni creerlo

aunque nada puedas
ni creer ni tener.

Eres el amo de la realidad
aunque no seas ni amo
            ni tengas mundo.

Eres otra cosa diferente de ti
por eso no puedes
            ni creer ni tener
          
menos aún entender lo que aquí se dice.

Si todo te sabe a nada
Si nada sabes acerca de todo
Si todo lo sabes acerca de nada

entonces por regla de tres
               estás excluido

de todo saber
y de todo
y de nada

Es decir, eres el dueño y amo
de la realidad del mundo.


lunes, 1 de julio de 2013

La bestia del ego (1)

Llegué a desarrollar una capacidad neurótica impresionante, incluso estilizada. Un artífice de mi propia mentira, toda una enciclopedia de la infamia de mí mismo

Viajes fantásticos alrededor de mí, es decir, la mente narcisista me tenía psicológicamente demasiado ocupado. ¡Y yo que pensaba que estaba en la realidad!

De un proyecto literario a una fantasía sexual a un exabrupto político. Terminé como el monito loco del zoológico.

Así era feliz –o creía serlo—Así inventé la realidad de mi locura personal o la realidad personal de mi locura, da igual porque es lo mismo, quiero decir que mi mente era agua hirviendo.

Estuve dispuesto a morir por mi vida, ¿puede haber idiotez más patética? De hecho mi vida fue un suicidio tras otro como quien vive metaforizando el mundo y sin embargo odia las metáforas en la escritura.

Todo eso es el juego sucio –dramático o alegre-- del ego. Así surgió Jaad. Un personaje sobre otro personaje, un fantasma sobre otro fantasma, ¿o tal vez debo decir un ruido sobre la melodía del ser?

Porque hubo momentos en que me quedé solo conmigo mismo y me asomé al abismo que dentro de mi parecía insondable, un hueco por donde podía mirar la extrañeza de alguien parecido a mí, sus huellas transparentes y amorfas, cierta voracidad lúcida por desconocida y libre.

¿Quién era yo? Lo supe y olvidé. Tanto rodar para terminar en el mismo sitio, tanto huir de las palabras para concluir en la impotencia del lenguaje con que me nombraba a gritos. No había necesidad de vociferar ni siquiera de hablar.

Un día llegó Buda y me dijo:

--¿Quieres de verdad parar de una vez esta locura?

Y comenzó entonces la locura del ego espiritual.Pero esto es otra historia con sus anécdotas tan viles como cualquier otra.

Quien se adentra en el mundo termina devorado por el mundo. Quien se aventura en el espíritu termina devorado por la ausencia de espíritu.

En ambos mundos el ego tiende sus trampas, todas abyectas. El mundo tiene sus cárceles de promiscuidad y odio. El espíritu tiene prisiones de oro y falsedad.

¿No es cierto que de lo ridículo a lo sublime no hay más que un paso? Es el paso en falso del ego ilusorio que inventa la retahíla fantasiosa de un delirio alucinante: mi yo, mis creencias, mi libertad, mi patria, mi cultura, mi vida, mi muerte, y todo ese etcétera tan sofisticado de mentiras, tan hermoso de esclavitud.

Cuando bajé el fuego de las pasiones, de los deseos, de las ilusiones, el agua hirviendo de mi mente dejó de amenazar con desbordarse. Sólo así es que pude asomarme sin aspavientos para ver --como narciso envejecido-- mi rostro en la olla caliente donde cocía una sopa podrida.

Entonces comencé a reír.

Por fin era la risa de la cordura.

domingo, 30 de junio de 2013

Me rebajé a bestia sin saberlo


¿Cuántas veces la mediocridad golpeó mi cabeza y me dejó inconsciente pensando que el menor esfuerzo era el único esfuerzo que valía la pena? Quejas y lamentaciones. Así supura la mediocridad.

Sin darme cuenta la mediocridad --y su miedo baboso-- fue comiendome las entrañas. ¿En qué momento me dejé contaminar por el peor veneno para la moral de un hombre?

¿Cuántas veces la ignorancia me quitó los ojos? Sin conocer la amplitud del mundo y del corazón humano, me vi trastabillando a ciegas y cayendo en lo abyecto.

Dominado por el odioso pasado y el miserable presente fui incapaz muchas veces de alzar la frente y poner un ladrillo en la Catedral del futuro.

Como muerto que cree vivir me convertí en mi propio fantasma.

A veces me avergüenzo, a veces me arrepiento, y me veo siempre como un extraño. Extraño de mí. Pero esto no me exonera de las faltas o errores del pasado. 

El yo que soy aquí y ahora 
carga con un fardo que no le corresponde pero del cual es responsable. 

Hoy veo pobreza donde antes imaginé riqueza.

Pero también –y sin embargo--he sentido la nobleza del corazón en la práctica del amor desinteresado. 

Así me han llegado a amar y así también llegué a amar. Pese a todo. Contra todo.